Hace algunos años atrás el Señor me otorgó la gran oportunidad de comenzar estudios doctorales en educación en la Universidad Complutense de Madrid, España. Dicha institución es una de las más destacadas de toda Europa y Latino América, y una de las más antiguas en el mundo.

En el trayecto del cumplimiento de los estudios, enfrenté muchos momentos de distinta naturaleza. En ciertas ocasiones, experimenté mucha fluidez de pensamiento, particularmente mientras redactaba el contenido de la disertación doctoral. En otras, sentí desánimo que intentaba invalidar mis esfuerzos por lograr la meta final, la finalización del programa doctoral. Finalmente, gracias a la misericordia de Dios y al ánimo y ayuda de mi esposa, hijos, familiares y amistades, la perseverancia dio su fruto apacible. Puedo testificar que en este mes de enero de 2016 aprobé la tesis doctoral dando por concluida la jornada de dichos estudios doctorales. Valió la pena continuar hasta llegar a disfrutar de la promesa.

La perseverancia es una virtud que se deriva del fruto del Espíritu Santo. Es equivalente a la longanimidad o a la paciencia. El apóstol Pablo exhorta a los creyentes en la iglesia de Dios en Colosa que sean “fortalecidos en todo sentido con el glorioso poder del Señor Jesucristo, perseverando con paciencia en medio de cualquier situación o circunstancia, a la vez que demuestran su agradecimiento al Padre en actitud de regocijo. Esa es la herencia de los santos en el reino de la luz” (Colosenses 1:11-12). La perseverancia consiste de una actitud de firmeza y constancia, tanto en la esencia e identidad de los que somos así como en lo que hacemos.

Al asociar la perseverancia con la educación, podemos visualizar un panorama de enseñanza-aprendizaje integrador en vez de fragmentador; con fundamentos escriturales sólidos en vez de un basamento en filosofías humanas ambiguas; propiciador de motivación en vez de desalentador; afirmante de la persona en vez de desacreditador de la autoestima. Tanto el docente como el discente requieren de perseverancia en cada acto educativo para cumplir con el propósito ulterior: aprender.

El aprendizaje ha sido malinterpretado en muchos foros educativos. En realidad conlleva el propósito de formar actitudes, pensamiento bien ordenado, procesamiento ordenado de conocimientos, además de refinar cómo hacemos con lo que creemos saber. Al reconocer la verdadera naturaleza y propósitos de la educación (general, ministerial, teológica, etc.), apreciaríamos el alto compromiso y responsabilidad que tenemos que ejercer en cualquier rol que nos haya tocado desempeñar en el aula o fuera de ésta. De todas maneras, necesitamos perseverar… Se requiere de todos los creyentes que seamos constantes en la doctrina del Mesías; que procuremos estar firmes aun en medio de las adversidades; que consistentemente adoremos a Aquél que nos ha sacado de las tinieblas a Su luz admirable.

Con todo, en todo y por todo, perseveremos en la fe de Cristo. Luchemos contra las estratagemas escondidas del enemigo de las almas con toda firmeza, constancia, perseverancia y paciencia, fundamentados en la Palabra de Dios que permanece para siempre. Sigamos hacia adelante poniendo nuestra mirada en Cristo como el único blanco de la soberana y santa vocación. Perseveremos hasta el final…

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