Por Revda. Odaris R. De Jesús

Desde niña me llamó la atención la manera de orar de mi Padre. Antes que saliera el sol, ya estaba orando y sólo se podía oír un silbido apacible en el lugar donde estaba arrodillado. Fui creciendo y observando su sincera devoción y cómo dedicaba tiempo a solas con el Señor. Cuando salía el sol, se levantaba a decirle: “Te gané hoy en hablar con Dios”. Mientras crecía pude apreciar que su vida de oración, en ocasiones combinadas con ayunos, traían alegría, gozo y esperanza en medio de cualquier situación que estuviésemos experimentando como familia misionera. Los años que viví en la casa de mi padre declaraban su profundo y apasionado amor en el propósito de seguir los pasos de la vida de Jesucristo. ¿Qué podemos aprender de este ejemplo? Durante el mes de diciembre, dirigimos a la congregación que pastoreamos (entre otros ministerios que lideramos), leímos el libro de Lucas. Así que mayormente mi perspectiva va a ser de este libro, aunque no voy descartar contenidos de otros evangelios sinópticos.

Según la narrativa de Lucas 2:42, Jesús fue criado en seguir e imitar los pasos del Padre Celestial. Esto lo vemos cuando Jesús, teniendo a penas doce años de edad, llega a Jerusalén a celebrar la fiesta de la Pascua junto con sus padres terrenales como era la costumbre judía. Después de celebrar la festividad, los padres de Jesús regresaron a su hogar. En el camino se percataron que Jesús se había quedado atrás. Durante tres días le buscaron, muy probablemente con desesperación. Finalmente, cuando sus padres llegan a Jerusalén de nuevo, encuentran a Jesús en el templo hablando con los doctores de la ley. Como algo normal, sus padres inquieren lo que había ocurrido. Su respuesta fue: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” De acuerdo con las costumbres judías, los muchachos de esa edad hacen el Bar y bat mitzvá, o sea, una ceremonia en la que se convierten en personas 2 responsables de sus propias acciones pues han llegado a nueva etapa de vida. Sin embargo, en el v.51 se presenta la actitud de Jesús como la de un hijo que estaba sujeto a José y María.

Cuando Jesús declara una parte de su misión, advierte que era responsable de participar en los negocios de su Padre celestial. El mismo Hijo de Dios dijo en otra ocasión que su casa (el templo), casa de oración sería llamada. Luego, varios de los Evangelios del Nuevo Testamento mencionan eventos en los cuales Jesús iba a la sinagoga a leer e interpretar las Sagradas Escrituras; a hablar acerca de la buena nueva noticia de salvación; a enseñar acerca del Reino de los cielos; en fin, a modelar una vida de intimidad con el Dios y Padre de todos los que le reconocen en su ser.

Entonces, ¿Qué podemos aprender de vida de oración de Jesús? Jesús siempre cree en la oración y en el ayuno. Al comienzo de su ministerio vemos que oró y ayunó por 40 días. En Lucas 3 y 4 nos relata este evento. Separado de todos y en un lugar apartado, sin distracciones, llega al desierto donde libra grandes tentaciones. Muchas veces en el Nuevo Testamento vemos que Jesús se aparta de sus discípulos para orar, hablar con su Padre celestial.

Es necesario que como creyentes en Cristo practiquemos tanto la oración como el ayuno. El ayuno sirve para purificar nuestro cuerpo; la oración purifica el alma y el espíritu. Actualmente, investigaciones médicas declaran que ayunar es bueno para la salud; nos ayuda a evitar enfermedades crónicas, siempre tomando las medidas necesarias en cada caso. Si Dios siembra en el corazón la intención de ayunar, hay que también considerar las condiciones físicas y de salud. El ayuno debe hacerse con un propósito definido, siempre con la ayuda y dirección del Espíritu de Dios. Estamos viviendo tiempos duros y difíciles en toda la humanidad. Desastres naturales por todo el mundo, rumores de guerra, inmoralidad, tal 3 como dice la Palabra de Dios. Es tiempo de consagrar nuestras vidas cada día más y separar momentos para salir de la rutina cotidiana en una búsqueda apasionada por el rostro del Señor mientras pueda ser hallado. Jesús enseñó a orar a sus discípulos. Los discípulos le piden que les enseñe a orar. Entonces, les da un ejemplo que consiste en varias acciones: adorar; exaltar a Dios; reconocer su grandeza y señorío; rogar por las necesidades básicas, como es el alimento; arrepentirse; perdonar a otros; pedir Su protección en la tentación y que nos libre ella.

A Dios le gusta que nosotros como sus hijos le pidamos sólo a Él pues no comparte su gloria con nada ni nadie. Si pedimos nos da, si le llamamos nos responde. Dios quiera que nosotros tengamos una relación cercana, íntima, de confianza y amistad sincera con Él.

Jesús nos invita a orar. Jesús, modela, enseña y lleva a sus discípulos a practicar la oración. Nos da ejemplo, pero dice que seamos espontáneos, humildes, de tal manera que no sea para avergonzar a otros. En una ocasión un pastor comenzó a orar en voz fuerte divulgando los problemas de las personas de la congregación. Aunque lo hacía sin mala intención, violó la ética de la confidencialidad. La oración no es un momento para exponer los pecados de los hermanos en la fe. Por lo contrario, la oración debe ser para cultivar nuestra relación con Dios y no para presumir que oramos más largo que otros o que usamos palabras elocuentes.

Nuestra actitud debe ser como la de Cristo, humilde, a solas con Dios, separado o en grupos. Esto me recuerda las palabras de oración que salían de los labios de mi padre en forma de susurro; sólo Dios las oía y entendía. El Espíritu Santo nos va a dar las palabras necesarias en el momento que nos dispongamos a orar.

Antes de morir, Jesús oró tan profundamente que su sudor era como gotas de sangre. A veces, nos encontramos en situaciones que tenemos que 4 llorar y gemir ante Dios. Ante todo, debemos asumir la actitud de Jesús que la voluntad de Dios es mejor que la nuestra.

Así, como familia, procuremos cada día modelar a nuestros hijos y congregación que necesitamos orar sin cesar. Si no fuera por esa comunión con el Señor, no sé dónde estaríamos hoy.


Sobre la autora

Rev. Odaris Rodríguez De Jesús es la esposa del Dr. Enrique A. De Jesús, Director de Ministerios Educacionales Hispanos en E.E.U.U. (USAMEH) y Canadá y pastora asistente de la Iglesia de Dios Camino de Vida.

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