Cuando era pequeño: Sentido de destino de Dios

Cuando era pequeño, recuerdo que en casi todas las materias que se cursaban a nivel elemental en la primaria presentaban en algún momento la interrogante: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Dependiendo de la edad que teníamos y de las circunstancias del entorno donde nos criamos, surgían diversas respuestas interesantes: “Yo quiero ser…bombero, policía, pelotero (beisbolista), médico,” entre muchas otras alternativas vocacionales. Para ese entonces, labor ministerial no se había profesionalizado al punto de considerarla como una alternativa ocupacional.

Lo que capta mi atención sobre lo anterior, es que, para ese entonces, tal parecía que la mayoría de los niños y niñas del aula de clases demostraban seguridad acerca de su identidad y propósito en la vida, todo ello proyectado hacia el futuro. En contraste con el tiempo actual, y sin ánimo de minimizar o criticar adversamente, he formulado la misma pregunta a niños y jóvenes de nuestras iglesias en algunos países como España, Puerto Rico, Estados Unidos inclusive. La respuesta frecuente es: “No sé.” Lejos de reflejar solidez en las creencias o firmeza acerca de planes futuros en la vida, la respuesta denota confusión, sentido de identidad inestable, que comúnmente se evidencia a través de una actitud de inseguridad emocional, falta de autoestima o autovalúo positivo, poca o ninguna definición del propósito de Dios en la vida personal.

Ante tal la situación que se está viviendo en múltiples contextos con muchos de nuestros hijos e hijas en la iglesia, la educación cristiana se postula como una herramienta de profunda utilidad. Por ejemplo, fue a través de las enseñanzas de la escuela bíblica de la Iglesia de Dios donde me desarrollé en términos espirituales, que recibí luz y claridad a lo que deseaba ser y hacer con mi vida. La Palabra de Dios, bien enseñada además de modelada por mis maestros, pastores y líderes, me ofreció una alta definición de mi propósito de existencia, un sentido de destino asegurado bajo el amparo divino. Aun siendo pequeño, fue la Palabra la que trajo convicción a mi corazón para humillarme en petición de perdón delante de la presencia de Dios. Aun cuando fui creciendo, fue la Palabra la que abrió una conexión directa con el Espíritu Santo para conocer lo que Él quería que yo fuera cuando fuera grande. Aunque las aspiraciones que declaraba cuando era niño eran apreciadas como dignas ante la sociedad, Dios tenía unos planes mejores, superiores, más altos que mi propia autoestima o capacidad como persona, diferentes a mis propios deseos, intenciones o planes.

Al llegar a mi adultez joven, en vez de que otros me preguntaran qué quería ser cuando fuera grande, tuve que hacerle la siguiente pregunta a mi Salvador: ¿Qué Tú quieres que yo sea? Ante la respuesta de Dios, tuve que negarme a mí mismo, a mis aspiraciones a ser médico, aun cuando había sido aceptado en dicha facultad universitaria. Entonces, pude decirle por el Espíritu: “Heme aquí, haz conmigo lo que Tú quieras.” La educación cristiana que había recibido de mis mentores y líderes en el Señor, de mi madre natural, y de mis amigos,me había brindado fortaleza para reforzar una identidad que fuera a la imagen y semejanza de Dios, y así poder realizar aquello a lo cual Dios me había enviado a ser y hacer para Su gloria y Honra. Por eso, creo y afirmo que las generaciones emergentes a las cuales estamos impactando, merecen conocer bien la Palabra de Dios; necesitan de maestros(as) ungidos por el Espíritu de Dios, que tracen bien la Palabra de verdad en los corazones de sus discípulos. De esta manera, demostramos que somos dirigidos por Él y que vivimos para Él y veremos el fruto apacible y agradable ante Dios de generaciones nuevas, con una identidad definida sólida en Cristo, un futuro prometedor, un sentido de destino bajo el amparo del Altísimo. Eduquemos para formar, y aprendamos para crecer.

– Por Enrique Adrián de Jesús